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ensayo
JULIO–AGOSTO, 2017
El Impacto de la “Economía Solidaria” en la Clase Trabajadora
Un Análisis a Partir de la Experiencia Brasileña
Henrique Wellen

Este ensayo está basado en el libro Para a crítica da “economia solidária”, preparado por Wellen, H. (2012).

Henrique Wellen es profesor del Departamento de Servicios Sociales de la Universidad Federal de Río Grande del Norte.

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Los cambios económicos y políticos ocurridos en las últimas décadas, en especial aquellos ocurridos a comienzos de la última cuarta parte del siglo pasado, trajeron consigo la pérdida de derechos y conquistas de la clase trabajadora y produjeron impactos negativos sobre su identidad y conciencia y sobre la estructura de sus órganos representativos —sindicatos y partidos políticos—. Este hecho, unido a la debacle de las experiencias del llamado socialismo real —el socialismo imperante en la Unión Soviética—, propició el surgimiento de un ambiente ideológico y cultural en el que coexisten dos posturas centrales: la adhesión al falaz fin de la historia, caracterizada por una defensa exacerbada del orden burgués, y la defensa de proyectos sociales cargados de un alto contenido subjetivo, dominados no solo por elementos voluntaristas, sino también por viejas actitudes moralistas sobre la lucha social.

A excepción de aquellos que han sido ideológicamente cooptados o de aquellos que han optado por descartar viejos anhelos de cambio social para adoptar discursos resignados que les puedan garantizan una buena remuneración financiera, muchos activistas sociales se han visto enfrentados a un difícil dilema histórico: elegir entre continuar cerrando filas en torno a proyectos revolucionarios insertos en un contexto cada vez más incierto o identificarse con fenómenos sociales más próximos a los cánones políticos y culturales de nuestro tiempo.

Una parte significativa de estos activistas —aturdidos por las acentuadas imposiciones del capital, exaltados por las históricas luchas de los trabajadores e influenciados por un análisis superficial de los hechos— termina por fantasear con formas románticas de lucha; formas de lucha en donde se sostiene, por ejemplo, que los esfuerzos por lograr una sociedad emancipada deben estar centrados en los trabajadores desempleados, porque ellos, al no pertenecer a la clase trabajadora o a ninguna otra clase, están “subjetivamente liberados” de la lógica productivista de la sociedad capitalista, lo que los hace susceptibles de alcanzar su autonomía1.

En esta perspectiva, en vista de la decadencia irreversible de las viejas organizaciones políticas de la sociedad comunista que tensaron la lucha de los trabajadores, se proclama que las dificultades de representación de los trabajadores y la carencia de proyectos alternativos por parte de instituciones estatales y civiles pueden ser remediadas si los trabajadores desempleados, junto con las comunidades necesitadas, se trazan como objetivo “crear mecanismos de sobrevivencia y de pertenencia social”2.

El problema con las experiencias surgidas de este tipo de lucha, aunque al inicio puedan aportar elementos contrarios al orden establecido, es que ellas terminan, paradójicamente, por convertirse en instrumento del sistema capitalista. Esto ocurre porque estos proyectos, lejos de representar una lucha de carácter clasista en oposición al modo de producción capitalista, adoptan formas de acción subordinadas al dominio capitalista sobre el trabajo.

En estas formas de lucha se reciclan herramientas anacrónicas que conducen a una percepción ilusoria de la realidad. En muchos casos, se trata de un rescate acrítico de pretensiones fracasadas que hace caso omiso de una larga acumulación de consideraciones teóricas y políticas. Marx, en referencia al pensamiento de Stirner, advirtió sobre este fenómeno, y, de manera similar, Lenin también lo hizo al pronunciarse sobre las limitaciones del anarquismo y sobre el carácter regresivo de las ideas de ese tipo. Para Lukács esta forma de accionar es característica de los pequeños burgueses, que se dejan atraer por la retórica y que no confrontan las creencias subjetivas con la realidad objetiva3.

La “economía solidaria” y la ilusión de la producción y del mercado no capitalista

La importancia de la “economía solidaria” en la realidad brasileña es incuestionable hoy en día. Sea por el rápido crecimiento de sus emprendimientos o por la destacada difusión de sus supuestos ideológicos y políticos, este fenómeno ha conseguido impactar de forma directa la clase trabajadora brasileña. No obstante, aun cuando existe un amplio espacio de debate sobre esta experiencia —el Foro Brasileño de Economía Solidaria—, los avances para establecer un marco teórico con el que se pueda sistematizar el análisis de este objeto son incipientes. La Secretaría Nacional de Economía Solidaria (SENAES) —órgano subordinado al Ministerio del Trabajo, creado para establecer una entidad de referencia— no ha conseguido, por ejemplo, aplacar las divergencias sobre el carácter y la función de este proyecto social. Esto, sin embargo, no le ha impedido establecer una directriz hegemónica sobre el tema.

Presentada como un modelo de organización de productores económicos sustentado en la acción colectiva y la solidaridad, la “economía solidaria” es entendida por sus defensores como una alternativa contemporánea de lucha de los trabajadores para superar el modo de producción capitalista. Para sus defensores, la “economía solidaria” representa, por un lado, la superación de viejas formas de lucha, que, para el criterio de estos, terminarán inexorablemente por legitimar el aparato burocrático y represor imperante, y, por el otro, una transformación social dinámica y procedimental que, a través de sus experiencias —consideradas como “implantes socialistas” y ejemplos de sociedad emancipada—, hará posible, de forma gradual, el derrocamiento del capitalismo.

Así, los emprendimientos de la “economía solidaria”, en esta visión, se erigen como ejemplos organizativos, económicos y sociales de un modo de producción distinto. Como una postura cautelosa ante el supuesto de que dos elementos antagónicos puedan ser unificados —el económico, en el contexto de un mercado capitalista, por un lado, y el altruista y solidario, por el otro— y como un llamado de atención a las dudas que surgen sobre la validez de esta innovación semántica, el termino “economía solidaria” siempre es usado aquí entre comillas.

Teniendo a la cooperativa como prototipo de “emprendimiento solidario”, el representante más famoso de este fenómeno social, Paul Singer, asegura que la “economía solidaria es otro modo de producción, cuyos principios básicos son la propiedad colectiva o asociada de capital y el derecho a la libertad individual”4. A diferencia de otras empresas que subordinan su producción económica al mercado y que están penetradas por la lógica capitalista, las experiencias de la “economía solidaria” lograrían un gran éxito: ellas conseguirían vencer la disputa económica, basada en la competencia productiva, precisamente porque ellas aportan atributos democráticos a las elecciones hechas por sus integrantes. En otras palabras, estos emprendimientos, por supuestamente regirse por principios democráticos de organización económica, poseerían una ventaja competitiva en el mercado capitalista.

Para Singer5, las condiciones de trabajo en las organizaciones de la “economía solidaria” son mejores que en las empresas capitalistas, en primer lugar, porque los miembros de una cooperativa no están obligados a producir dividendos proporcionales al capital invertido, como ocurre en una empresa capitalista, y, en segundo lugar, porque estos trabajadores pueden elegir cuándo y cómo trabajar para hacer que sus emprendimientos sean competitivos, mientras que los trabajadores asalariados están sometidos a las decisiones de la directiva.

Desde el punto de vista productivo, para los defensores de la “economía solidaria”, el fin no es producir bienes superfluos que contribuyan al consumismo o al desperdicio, sino productos que satisfagan las necesidades básicas: casas populares, zapatos, ropa, comida6. A diferencia de como ocurre en las empresas capitalistas, la producción en estas organizaciones está por lo tanto caracterizada por la perspectiva del valor de uso y no del valor de cambio. Según sus defensores, esta característica, además de proveer productos y servicios necesarios, permitiría la creación de una nueva cultura de trabajo en la que el trabajador recupera el sentimiento de productor y de sujeto creador y en la que “se diluyen la propiedad individual de los medios de producción y la jerarquía asegurada por los que ‘saben’ ”7.

La “economía solidaria” sería, por lo tanto, un nuevo modelo de producción económica que, sostenida por un conjunto de sentimientos solidarios, además de producir una nueva cultura, también podría socavar las bases del sistema capitalista. Actuando como una organización económica, el gran atributo transformador de la “economía social” sería la instauración de otro frente de lucha: la instauración de una racionalidad distinta del capital.

En síntesis, estos emprendimientos serían una amalgama entre una producción económica dirigida al mercado capitalista y la instauración de una racionalidad solidaria que regularía sus relaciones internas. De esta manera se abriría, finalmente, la posibilidad de crear un nuevo sentido al trabajo que posibilitaría la superación de los procesos de alienación.

Demostrar la validez de este axioma no es una tarea fácil. Pero, contrario a lo que afirman sus promotores, la capacidad de la “economía solidaria” para hacer realidad sus objetivos es cuestionable. En lugar de apoyarse en observaciones críticas del sistema social vigente, los argumentos a su favor se apoyan en análisis dudosos. La defensa de la pretendida autonomía que ofrecen estas organizaciones y de la premisa de que la producción en ellas ocurre en base al valor de uso se sustenta en supuestos irreales. Lejos de ofrecer una vía hacia un nuevo modelo de producción económica, la “economía solidaria”, bajo el vestigio de un romanticismo revolucionario, refuerza el sistema capitalista.

Tal movimiento, además de no crear ningún conflicto profundo con la ideología burguesa, distorsiona la aprehensión de la realidad. La premisa de que la “economía solidaria” no está sometida a los cánones del mercado capitalista carece de elementos concretos que la justifiquen. Los datos estadísticos muestran que la “economía solidaria” está más cerca del modo capitalista que de lograr una transformación trascendente del sistema productivo.

La “economía solidaria” y la reestructuración productiva

Como un intento de mitigar las reducciones en la tasa de lucro causadas por la crisis capitalista de los años 60 del siglo XX, varias empresas iniciaron un proceso de reestructuración productiva dirigido a intensificar la explotación de la fuerza de trabajo. Este proceso tomó dos caminos complementarios: a) la adopción de tecnologías avanzadas para la organización, gestión y control del trabajo y b) la dimisión de grandes colectivos de trabajadores y la tercerización de actividades productivas y de puestos de trabajo. En ambos casos, el resultado final fue el mismo, la precarización del trabajo. Esta precarización se hizo patente, sobre todo, en las nuevas organizaciones que aparecieron a raíz de la externalización de la producción (llamadas “organizaciones satélites”), encargadas de las actividades inferiores de la cadena productiva. Para Harvey8, esta reestructuración productiva fue posible porque los patronos supieron sacar provecho del debilitamiento de los sindicatos y de la gran cantidad de mano de obra ociosa existente para imponer condiciones de trabajo más flexibles.

Las organizaciones satélites se encargan de tareas que son necesarias para la producción capitalista pero que tienen poco valor agregado y que no exigen de trabajadores profesionalmente cualificados. Ellas ofrecen a sus trabajadores tareas muy similares a las que existían en las empresas tercerizadas pero a un pago más bajo y sin ninguna garantía de protección social. Estas organizaciones satélites son, por lo general, pequeños subcontratistas, cooperativas y trabajadores a domicilio.

En Japón, esta dinámica ya era conocida en los años cincuenta del siglo pasado. En Europa y los Estados Unidos apareció dos décadas después. En Brasil se manifestó, principalmente, en los tres últimos lustros del siglo XX. Es importante destacar que en esos años ocurrió en nuestro país, con la Constitución de 1989, un cambio favorable en el trato que el Estado daba a las políticas sociales, pero pocos años después este cambio fue revertido por la influencia del neoliberalismo. Las transformaciones ocurridas en la intervención estatal resultaron en la renuncia de responsabilidades y la precarización de las políticas públicas, lo que propició el crecimiento del “tercer sector”. Los cambios ocurridos en la reestructuración productiva resultaron en un incremento del desempleo y en la expansión de emprendimientos de la “economía solidaria”. Esta relación de causa y efecto es, por inferencia, constatada por Singer, quien concede que, de ser escasa en la década de los 80, la “economía solidaria” comenzó a resurgir en Brasil en la segunda mitad de los años 909. Los datos del Sistema Nacional de Información de la Economía Solidaria también la constatan. Entre los años 80 y 90 del siglo pasado el número de estos emprendimiento saltó de 264 a 8.554 unidades, lo que representa un incremento de más del 3.000%.

Aunque todos coinciden en que la “economía solidaria” ha experimentado un notable crecimiento desde la década de los 90, no todos están de acuerdo sobre sus causas. Los partidarios de la “economía solidaria” sostienen que la mayoría de esta organizaciones surgieron debido a la crisis de desempleo y a la resistencia de los trabajadores contra las imposiciones del capital. Sus partidarios afirman que la “economía solidaria” refuerza la lucha de los trabajadores contra la explotación capitalista porque ella, por lo menos, absorbe parte de los trabajadores desempleados, reduciéndose así el ejercito industrial de reserva10.

Sin embargo, esta afirmación sobre las causas de la creación de este tipo de emprendimientos no es respaldada con datos comprobatorios. Encuestas de la SENAES señalan que la principal razón por la que los trabajadores desempleados inician un emprendimiento de este tipo es la búsqueda de una alternativa al desempleo, y no la lucha contra el sistema capitalista, la cual tiene muy poca relevancia. Los análisis sobre los motivos por los cuales un emprendimiento de la “economía solidaria” es iniciado se ven limitados y pierden validez concluyente si no se toma en cuenta lo acontecido a los emprendedores en el pasado y las causas de su situación de desempleo.

Para llegar a una conclusión precisa sobre las causas de la “economía solidaria” hay que ir más allá de análisis singulares que no toman en cuenta todos los aspectos implicados en este fenómeno social. Solo así se pueden disipar conjeturas idílicas que de manera explícita o implícita hacen caso omiso del papel dominante del capitalismo monopolista e imperialista. Hay que considerar, por ejemplo, la relación entre el número de despidos de trabajadores con contrato formal y el número organizaciones de este tipo recientemente creadas y la dinámica entre la precarización laboral y la composición orgánica del capital —la relación entre la masa de capital invertida en medios de producción (fábricas, máquinas, herramientas) y la masa de capital invertida en la fuerza de trabajo—, y cómo esta dinámica se desarrolla tanto en los emprendimientos capitalistas como en los de la “economía solidaria”.

En base a los datos de la SENAES se puede comprobar que la “economía solidaria” está constituida, en su mayoría, por grupos informales y por asociaciones de trabajadores; dos tipos de organizaciones que carecen de derechos laborales y de regulaciones y estatutos legales que las aseguren. Según la SENAES, de todas las organizaciones que conforman la “economía solidaria” en Brasil, existen más de 11 mil asociaciones de trabajadores (el 51,81% del total) y cerca de 8 mil grupos informales (el 36,50% del total). La cooperativa solo aparece en el tercer lugar, con poco más de 2 mil unidades, lo que representa menos de una décima parte de los emprendimientos de la “economía solidaria”. Casi el 90% de todas las organizaciones de la “economía solidaria” no disponen de garantías constitucionales o sociales ni de la capacidad estructural para asegurar su propia supervivencia; dos cualidades problemáticas. Así, ellas se encuentran directamente subordinadas a las oscilaciones de la oferta y la demanda y, por lo tanto, a las vicisitudes del mercado capitalista.

Por otra parte, en el otro 10% de estas organizaciones —las cooperativas, que son, para muchos, el prototipo de este tipo de organizaciones— existen problemas concernientes a las relaciones contractuales de sus trabajadores. Además de las dificultades para precisar la diferencia entre estas organizaciones y las creadas con la única finalidad de eludir la legislación laboral —las llamadas “coopergatos”—, ellas se rigen por un principio desconcertante: sus relaciones contractuales exaltan la ausencia de explotación económica, aun cuando las cooperativas se encuentran insertas en un sistema donde impera el lucro.

El gran problema con este principio, incluso si se cumpliera en el seno de estas organizaciones, es que él pudiera no persistir cuando se acometen relaciones económicas exteriores, ya sea de compra o venta de productos o de prestación de servicios. La Ley Federal Nº 5.764 explicita una exención de responsabilidad contractual que puede ser usada por las empresas capitalistas para legalmente subordinar parte de su producción a una cooperativa sin verse obligadas a proporcionar derechos laborales básicos. Según esta ley, cualquiera que sea el ramo de la sociedad cooperativa, no existe ninguna relación laboral entre ella y sus asociados ni entre éstos y los que emplean sus servicios. Las cooperativas, por lo tanto, se configuran, con el respaldo de la regulación jurídica, como un instrumento de precarización del trabajo, en lugar de ser un exponente de la lucha de los trabajadores. Bajo falsas afirmaciones de autonomía de los trabajadores, las cooperativas, dentro de este contexto, representan un decisivo retroceso para toda la clase trabajadora.

Basta con observar las condiciones de trabajo en los emprendimientos regulados por la Ley Nº 5.764 para notarlo. En casi todos estos emprendimientos no existen las mínimas garantías de derechos básicos, como descansos semanales remunerados o vacaciones pagadas. Ante esta situación, es paradójico suscribir la premisa de que las organizaciones de la “economía solidaria” son muy diferentes a las llamadas falsas cooperativas, que son expresamente constituidas para evadir derechos laborales.

Por otra parte, es dudoso que los miembros de los “emprendimientos solidarios” puedan con sus ingresos, los cuales se estiman que en promedio son más altos, compensar por la ausencia de estos derechos laborales. También es dudoso que, en razón de la naturaleza democrática de este tipo de emprendimientos, sus miembros estén en la capacidad de autoexplotarse menos, en comparación con los empleados de las empresas capitalistas.

Los datos financieros disponibles sobre los emprendemientos de la “economía solidaria” muestran que menos de la mitad de estas organizaciones (el 43,89%) consiguen pagar sus gastos y obtener excedentes, que casi la misma cantidad de emprendimientos (el 38,93%) no logra producir excedentes y que una de cada cinco de ellas (el 17,18%) ni siquiera puede pagar sus gastos. Las limitaciones económicas de este tipo de organizaciones son evidentes. Y es claro que estas limitaciones tienen un impacto negativo sobre el ingreso de sus trabajadores, que, en lugar de ser elevado, tiende a ser más bajo que el de sus análogos en las empresas capitalista.

Según datos de la SENAES, en un poco más del 30% de estas organizaciones la remuneración de sus trabajadores no excede el salario mínimo. Lo más grave es que un poco más de la quinta parte de estas organizaciones (el 21,17%) no puede pagar a sus miembros y que otra parte de ellas (el 6,60%) los remuneran con actividades de autoconsumo o no les ofrecen remuneración alguna, lo que convierte a sus miembros en trabajadores voluntarios.

Se puede ver que las organizaciones de la “economía solidaria” son, en su gran mayoría, espacios donde se mantienen alarmantes condiciones de trabajo precario. En términos categóricos, se puede decir que la “economía solidaria” actúa como un instrumento del proceso de reestructuración productiva en Brasil, que tiene como marca indeleble la precariedad laboral. Y se puede poner en duda la afirmación de sus partidarios11 de que la “economía solidaria” representa un modelo de producción flexible, por su capacidad de adecuarse rápidamente a los cambios de demanda de mano de obra, que no necesariamente es expresión de precarización.

Consideraciones finales: la “economía solidaria” y la lucha de clases

Los impactos negativos de la “economía solidaria” en la clase trabajadora se hacen evidentes no solo al examinar los análisis superficiales y fragmentados hechos sobre la estructura productiva de estas organizaciones, sino también, y en un mayor grado, los razonamientos usados para legitimar y moralizar este esquema de precarización del trabajo.

Para aquellos que consideran que la “economía solidaria” encarna “una revolución pacífica en acción”12, la lucha de los trabajadores exige un cambio de conciencia hacia la cultura del contrato formal, de la subalternidad —la condición subjetiva de subordinación en el contexto de la dominación capitalista— y de los derechos laborales. Según esta perspectiva, lo más conveniente para los trabajadores es que ellos releguen al pasado la mayor parte de los derechos laborales conquistados, por ser atributos retrógrados, y se agrupen en torno a grupos informales de trabajo o cooperativas porque de esa manera ellos serían “los dueños del negocio”. Así, aun cuando la “economía solidaria” sea un sistema productivo caracterizado por una elevada precarización laboral, por bajos niveles de remuneración y por la ausencia de garantías jurídicas sobre las relaciones capitalistas, el trabajador debería enorgullecerse de ser uno de los dueños de su organización.

Esto insinúa que los trabajadores deberían adoptar la “economía solidaria” sin tomar en cuenta todos sus problemas estructurales y sus consecuencias negativas para la clase trabajadora solo porque ella es considerada como una concepción avanzada, proactiva y creativa. Para sus partidarios, a pesar de las evidencias que demuestran sus deficiencias, la “economía solidaria” reúne las condiciones necesarias para hacer que el trabajo se convierta en una actividad más participativa y humana y para lograr que el socialismo se haga realidad en el plano productivo13.

Todos estos argumentos a favor de la “economía solidaria” son, sin embargo, de validez cuestionable. En ellos o se omiten datos, por ejemplo, sobre la precariedad laboral en este tipo de organizaciones, o se toman como reales consideraciones que son abstractas o claramente irreales.

Como herramienta de transformación, la “economía solidaria” descarta la lucha política, un terreno más favorable para los trabajadores, y propone una lucha económica, un terreno que es ampliamente desfavorable.

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